Por Emmanuel Sánchez
Un despertar necesario, pero incompleto
Recientemente se publicó que muchas empresas en México ya reconocen la necesidad de adaptarse a criterios de sostenibilidad. Sin embargo, el diagnóstico revela que el camino aún es largo: las brechas en emisiones, circularidad y uso de energía son profundas, y solo una minoría logra traducir las intenciones en resultados tangibles.
Aunque el 84 % de las grandes compañías ya publica un informe formal de sostenibilidad, apenas una cuarta parte mide emisiones de alcance 3 —es decir, aquellas generadas a lo largo de toda la cadena de valor—, y muy pocas evalúan su impacto logístico o de transporte.
Ese desfase evidencia una realidad: para muchas empresas mexicanas la sostenibilidad sigue siendo más un compromiso simbólico que una práctica operativa consolidada.
Costo de oportunidad y riesgo competitivo
En un contexto global donde inversores, consumidores y reguladores elevan sus exigencias ambientales, esta falta de profundidad representa un riesgo competitivo. Las compañías que no internalicen verdaderas prácticas ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) podrían enfrentar barreras de acceso a mercados internacionales, dificultades para atraer capital y pérdida de reputación.
Al mismo tiempo, existe un costo real de inacción: alto consumo energético, desperdicio de recursos, emisiones difíciles de cuantificar y una menor eficiencia operativa. Estudios recientes muestran que adoptar procesos sostenibles puede generar ahorros operativos relevantes, mejorar eficiencia, reducir desperdicios y fortalecer competitividad.
Para las empresas mexicanas, entonces, el reto no es solo cumplir regulaciones o mejorar su imagen: es asegurar su viabilidad a mediano y largo plazo.
Presión regulatoria y transformación del mercado
La urgencia de adaptar modelos de negocio sostenibles parece intensificarse. Frente a normativas como las nuevas normas de información sustentable (NIS) y las tendencias globales —economía circular, reducción de emisiones, trazabilidad en cadenas de suministro—, las empresas mexicanas tendrán que acelerar su transición para no quedarse atrás.
Más allá de la regulación: la demanda de consumidores, socios comerciales e inversores por prácticas responsables ya no es solo una preferencia, sino un requisito. Por tanto, la sostenibilidad se convierte en una variable estratégica, no opcional.
¿Qué se necesita para avanzar de verdad?
Para superar la brecha actual entre intención y acción, las empresas deben adoptar una agenda de transformación clara y ambiciosa. Algunas estrategias recomendables:
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Medir impacto real: cuantificar emisiones en toda la cadena (alcance 1, 2 y 3), consumo energético, reciclaje y eficiencia de recursos. La transparencia debe ir más allá de un reporte formal.
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Reformular procesos y operaciones: desde la producción hasta la logística, integrar criterios de circularidad, eficiencia energética y minimización de residuos.
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Invertir en talento y gobernanza sostenible: construir equipos especializados, capacitar al personal, integrar criterios ESG en la toma de decisiones y gobernanza corporativa.
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Alinear sustentabilidad con la estrategia comercial: transformar el compromiso ambiental en ventaja competitiva, diferenciador de marca y argumento frente a inversionistas.
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Colaboración pública-privada: políticas que incentiven la adopción de energías limpias, eficiencia, economía circular; marcos regulatorios claros; estímulos para innovación sustentable.
Oportunidades para quienes se adapten primero
Las empresas que lideren esta transformación tendrán una ventaja competitiva cada vez más clara: eficiencia operativa, menor vulnerabilidad ante cambios regulatorios, mejor reputación, acceso a mercados globales y mayor resiliencia ante crisis ambientales o de imagen.
Además, integrar sostenibilidad hoy puede traducirse en ahorro real, disminución de costos operativos, mejor uso de recursos, innovación en procesos y productos, y una mejor posición frente a consumidores cada vez más conscientes.
Para México, este cambio también implica beneficio colectivo: mejores prácticas ambientales, reducción de contaminación, fortalecimiento de cadenas productivas limpias y un avance hacia una economía más verde, competitiva y responsable.
Conclusión: la sostenibilidad como línea de base, no como lujo
La sostenibilidad en México ya no debe verse como un extra voluntario, sino como una condición mínima de competitividad. Las empresas que aún la tratan como adorno —con reportes superficiales, métricas incompletas o compromisos simbólicos— corren el riesgo de quedar rezagadas.
El reto es grande, pero la oportunidad lo es más: transformar operaciones, cultura corporativa y modelo de negocio hacia estándares modernos y responsables no solo mejora la reputación —también asegura presencia en mercados exigentes y prepara a las empresas para el futuro.
Si el empresariado mexicano logra dar ese paso con seriedad, México aumentará no solo su productividad, sino su resiliencia, su reputación internacional y su valor real como plataforma de negocios sostenible.


