Por Marimar Cosio
La Ciudad de México, vibrante y diversa, vive una transformación silenciosa que no todos celebran y que ha llegado a movilizaciones y protestas recientes que han llegado hasta la violencia.
La gentrificación, ese fenómeno en el que ciertos barrios se “ponen de moda” y comienzan a llenarse de cafés hipster, co-workings y renta en dólares, está cambiando no solo el paisaje urbano, sino la vida de miles de capitalinos.
Colonias como Roma, Condesa, Juárez, San Rafael y ahora incluso Santa María la Ribera, han visto cómo el precio de la renta y los servicios se dispara. ¿La razón? La llegada masiva de extranjeros —principalmente nómadas digitales— y un modelo de desarrollo urbano que no protege a los habitantes originales. Lo que antes era un departamento accesible, hoy se alquila por más de lo que gana una familia entera en un mes.
El problema no es la diversidad ni el turismo, sino la desigualdad. Mientras algunos ganan en dólares y pagan en pesos, muchos otros son desplazados sin poder defenderse. Los vecinos de toda la vida ven cómo se pierden sus espacios, sus tiendas, sus redes comunitarias. La ciudad se vuelve más bonita para unos, pero más hostil para muchos otros.
La gentrificación en CDMX no es solo un fenómeno inmobiliario; es una señal de alerta social. Necesitamos políticas públicas que regulen el alquiler, que protejan el derecho a la vivienda, y que fomenten un desarrollo urbano justo e incluyente.
Porque una ciudad no solo es sus edificios: son las personas que la habitan.


