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México ante un mundo en guerra: entre la oportunidad y el riesgo

Por Daniela Montaño

Las tensiones geopolíticas están reordenando el comercio, la energía y las cadenas de suministro. México no puede decidir el rumbo de los conflictos, pero sí cómo prepararse para sus consecuencias.

Las guerras en Ucrania y Medio Oriente están redefiniendo el tablero político y económico internacional. Aunque México se encuentra a miles de kilómetros de los campos de batalla, sería un error pensar que nuestro país puede permanecer al margen de sus consecuencias.

México ocupa una posición particularmente sensible. Es vecino y principal socio comercial de Estados Unidos, una de las potencias con mayor influencia en ambos escenarios, y al mismo tiempo forma parte de una economía profundamente integrada a los mercados internacionales.

Por ello, lo que sucede en otras regiones del mundo termina llegando a nuestro país a través de distintas vías: petróleo, inflación, tipo de cambio, comercio, inversión, migración, energía y seguridad.

Medio Oriente: el riesgo inmediato

Una escalada del conflicto en Medio Oriente que afecte el suministro internacional de petróleo podría provocar incrementos importantes en los precios de la energía y nuevas presiones inflacionarias a nivel mundial.

Para México, esta situación representa una paradoja.

Por un lado, un aumento en los precios internacionales del petróleo puede generar mayores ingresos por la exportación de crudo. Por otro, también puede elevar los costos de los combustibles, el transporte, la producción y, eventualmente, de numerosos bienes y servicios que consumen las familias mexicanas.

Ahí aparece uno de los principales desafíos para el gobierno: proteger el poder adquisitivo de la población sin generar desequilibrios innecesarios en las finanzas públicas.

El problema no consiste únicamente en contener precios. También implica fortalecer la seguridad energética del país y reducir su vulnerabilidad frente a acontecimientos internacionales que México no puede controlar.

Ucrania y la nueva geografía económica

La guerra en Ucrania ha acelerado un proceso que ya venía desarrollándose: la reorganización de las relaciones económicas entre las grandes potencias.

El enfrentamiento entre Rusia y Occidente ha profundizado una división geopolítica que probablemente permanecerá incluso después de que concluya el conflicto. Estados Unidos y Europa buscan reducir dependencias estratégicas, mientras numerosas empresas multinacionales revisan dónde producen, de quién compran y qué tan seguras son sus cadenas de suministro.

Para México, este cambio puede representar una oportunidad extraordinaria.

El nearshoring dejó de ser únicamente un concepto de moda para convertirse en una estrategia empresarial vinculada a la seguridad económica. En un mundo donde las compañías valoran cada vez más la cercanía, la estabilidad y la capacidad de reacción, México posee una ventaja difícil de replicar: comparte más de 3,000 kilómetros de frontera con Estados Unidos y cuenta con un tratado comercial que le brinda acceso privilegiado a uno de los mercados más importantes del planeta.

Sin embargo, la oportunidad no está garantizada.

La oportunidad también exige hacer la tarea

La ubicación geográfica, por sí sola, no será suficiente.

México necesita resolver problemas internos que durante años se han postergado: infraestructura insuficiente, disponibilidad y costo de la energía, inseguridad, estrés hídrico, problemas logísticos, incertidumbre jurídica y una limitada integración de proveedores nacionales en determinadas industrias.

No basta con que una empresa extranjera quiera instalar una planta en territorio mexicano. Necesitamos que encuentre electricidad, agua, carreteras, talento, seguridad y reglas claras.

Y todavía más importante: necesitamos que encuentre empresas mexicanas capaces de integrarse a sus cadenas de suministro.

Ahí se encuentra una de las mayores oportunidades económicas de los próximos años.

Estados con vocación industrial como Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro y San Luis Potosí podrían beneficiarse de esta reorganización productiva. Pero el verdadero impacto del nearshoring no debería medirse únicamente por el número de plantas extranjeras que lleguen al país.

El éxito estará en lograr que pequeñas y medianas empresas mexicanas se conviertan en proveedoras de esas industrias, generando empleos, conocimiento, tecnología y cadenas de valor dentro de México.

Una política exterior cada vez más compleja

Existe, además, una dimensión que no podemos ignorar: la política exterior.

México deberá navegar cuidadosamente entre sus principios históricos y una realidad internacional cada vez más compleja.

Mantener una política exterior independiente es legítimo, pero independencia no significa aislamiento. Estados Unidos continuará siendo un socio fundamental para la economía mexicana y cualquier transformación en la relación entre Washington, China, Rusia, Europa y otras potencias tendrá efectos directos sobre nuestro país.

La siguiente etapa de la relación entre México y Estados Unidos no estará definida únicamente por migración y comercio.

También incluirá temas como seguridad energética, cadenas de suministro, semiconductores, inteligencia artificial, minerales estratégicos, infraestructura, combate al crimen organizado y competencia tecnológica.

En otras palabras, la geopolítica dejará de ser un tema distante para convertirse, cada vez más, en una variable de nuestra economía cotidiana.

México puede elegir cómo responder

Las guerras que hoy observamos a través de una pantalla deberían provocar una reflexión mucho más cercana.

México no puede controlar lo que sucede en Kiev, Gaza, Irán o Moscú. Tampoco puede determinar las decisiones que se toman en Washington, Beijing o las capitales europeas.

Pero sí puede decidir cómo prepararse.

Puede fortalecer su infraestructura, mejorar sus condiciones de inversión, desarrollar proveedores nacionales, invertir en energía y agua, ofrecer mayor certeza jurídica y formar el talento que necesitarán las industrias del futuro.

Las grandes crisis internacionales siempre generan ganadores y perdedores. La diferencia suele estar en la capacidad de los países para anticiparse.

México cuenta con una posición geográfica privilegiada, una amplia capacidad manufacturera y acceso directo al mercado norteamericano. Pocos países reúnen esas condiciones al mismo tiempo.

Pero tener una oportunidad histórica no significa saber aprovecharla.

La verdadera pregunta es si México tendrá la visión política, la capacidad institucional y la voluntad empresarial necesarias para transformar esta coyuntura en crecimiento económico de largo plazo.

Mientras el mundo vuelve a dividirse en bloques, México enfrenta una decisión trascendental:

limitarse a resistir las consecuencias de un nuevo orden mundial o prepararse para convertirse en uno de los países que más se beneficien de él.

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