Este 2026 marca un punto de inflexión en la política latinoamericana. Tras la caída de Nicolás Maduro en Venezuela —derrocado y capturado por fuerzas respaldadas por Estados Unidos el 3 de enero de 2026— se desencadena una serie de efectos políticos y económicos que repercuten más allá de las fronteras venezolanas. Lo que parecía ser un proceso relativamente aislado en Caracas tiene implicaciones directas para México, un país que equilibra su política exterior pragmática, una economía estrechamente integrada con Estados Unidos, y profundas tensiones internas que ya estaban puestas a prueba antes de estos eventos.
Históricamente, México ha sostenido una política de no intervención en los asuntos de otras naciones, un principio inscrito en su Constitución que ha guiado su diplomacia desde hace más de siete décadas. Esto ha llevado a gobiernos mexicanos —independientemente de su signo— a mantener relaciones diplomáticas incluso con regímenes cuestionados internacionalmente. Tal fue el caso con el gobierno de Maduro: aunque México reconoció diversos temas de crisis, nunca rompió relaciones con Caracas.
Con la caída de Maduro, México se enfrenta a un dilema: ¿debe ahora apoyar explícitamente las nuevas autoridades venezolanas y participar en la reconstrucción política y económica del país? Esto implicaría mover su política exterior de la neutralidad hacia un liderazgo más proactivo en asuntos hemisféricos, algo que puede reforzar su perfil regional si se hace con una estrategia clara de ayuda humanitaria y reconstrucción institucional, o bien puede tensionar su relación con naciones que repudiaron la intervención estadounidense.
Si México decide involucrarse, las consecuencias diplomáticas serán profundas: tendrá que calibrar cuidadosamente su posición frente a gobiernos que apoyaron el derrocamiento, como Estados Unidos, y los que lo condenaron, como China o Rusia, intentando mantener equilibrios complejos en un entorno post-Maduro muy polarizado.
La posible recuperación de Venezuela ofrece una ventana importante para México en términos económicos, pero también algunos riesgos. Venezuela, poseedora de una de las mayores reservas petroleras del mundo antes de años de colapso económico, representa una oportunidad logística y energética si logra restablecer su producción y acceder a capital externo. México podría posicionarse como socio clave en ese proceso de reactivación, aportando inversión, tecnología o comercio bilateral.
No obstante, la recuperación venezolana no será inmediata ni sencilla; el país ha sufrido años de destrucción económica y social que requerirán de confianza, inversiones masivas y reformas tanto nacionales como internacionales profundas. México podría beneficiarse de participar en ese esfuerzo, pero también enfrentaría presiones sobre sus propios recursos si decide destinar ayuda o financiamiento en un contexto donde su economía ya navega retos significativos. Estudios recientes apuntan a que el crecimiento económico mexicano seguirá siendo lento en 2026, con incertidumbre institucional y escasa inversión privada como grandes obstáculos.
Además, la relación económica con Estados Unidos —el mayor socio comercial de México— condiciona en gran medida cualquier decisión mexicana sobre su involucramiento en Venezuela. Si bien abrir nuevas oportunidades de comercio o inversión con Venezuela es atractivo, pero debe alinearse con los intereses norteamericanos, que dominan más del 80% de las exportaciones mexicanas y un porcentaje similar de la inversión extranjera directa.
La relación entre México y nuestro vecino del Norte ya arrastraba tensiones antes de la caída de Maduro, derivadas de disputas comerciales, amenazas arancelarias y cooperación en temas de seguridad y migración. Las políticas arancelarias impulsadas por el presidente estadounidense —incluyendo amenazas a la economía mexicana— han generado preocupaciones sobre crecimiento interno y estabilidad de la inversión.
Con el cambio de régimen en Venezuela, la relación bilateral se transforma en un eje aún más estratégico. Si México apoya la reconstrucción democrática venezolana en coordinación con la administración estadounidense, podría fortalecer su posición como socio confiable en la región, lo que podría suavizar tensiones comerciales y abrir espacios de cooperación más profunda. Por ejemplo, en materia energética o infraestructura hemisférica. Sin embargo, si México opta por distanciarse de la estrategia estadounidense —por ejemplo, si plantea una política más independiente frente a Washington— esto puede tensionar aún más la relación, que ya ha enfrentado altibajos en temas de narcotráfico, migración y ayudas a la sociedad civil.
También existe el riesgo de que una mayor polarización de la política internacional convierta a México en un campo de disputa indirecta entre grandes potencias —Estados Unidos, China y Rusia— que podrían intentar influir en las decisiones mexicanas sobre comercio, energía y seguridad. Esto exige una política exterior más sofisticada por parte de México para evitar quedar atrapado en tensiones externas mientras enfrenta desafíos internos como la inseguridad, bajo crecimiento y la incertidumbre institucional.
A nivel doméstico, los efectos políticos de un nuevo mapa regional pueden reforzar ciertas tendencias dentro de México: movimientos políticos de izquierda pueden aprovechar la caída de Maduro para argumentar que incluso grandes regímenes autoritarios pueden cambiar, impulsando reclamos de reformas profundas al modelo económico y social mexicano. Por otro lado, fuerzas políticas más conservadoras podrían enfatizar la necesidad de estabilidad, seguridad y una relación robusta con Estados Unidos, argumentando que la economía mexicana depende más de la cooperación norteamericana que de aventurarse en proyectos regionales inciertos.
La caída de Maduro coloca a México frente a una encrucijada de múltiples decisiones estratégicas. Abre oportunidades en términos de influencia regional y cooperación hemisférica, pero también exige una articulación cuidadosa de políticas internas y de relación externa, especialmente con Estados Unidos. México podría emerger como un actor más protagónico en América Latina si logra balancear pragmatismo diplomático con prioridades económicas internas —o bien pagar un precio si las tensiones internas y externas no se gestionan de manera coherente.


