Por Ana Solá
En un entorno económico cada vez más digital, la capacidad tecnológica de una empresa deja de ser un lujo para convertirse en factor determinante de supervivencia. Un reciente estudio reveló que el 54.6 % de las empresas mexicanas está perdiendo al menos 10 % de su negocio potencial por no implementar tecnología verdaderamente inclusiva. Más grave aún: el 26 % estima pérdidas superiores al 20 %. Estos datos no son meras estadísticas, son el reflejo de una crisis silenciosa que se está desarrollando en muchas organizaciones.
Desde la perspectiva del marketing y el posicionamiento de marca, estas pérdidas representan una erosión de competitividad y relevancia. Cuando una empresa no cuenta con la infraestructura adecuada para llegar al consumidor digital, para atender su demanda omnicanal, para personalizar su oferta, está dejando huecos que otros aprovechan. En un país con un gran mercado interno, el costo de no modernizar es tanto operativo como estratégico.
Las empresas que no invierten en tecnología inclusiva —infraestructura, procesos, talento— se encuentran en desventaja: su cadena de valor se vuelve menos eficiente, su capacidad de innovar se reduce y su experiencia de cliente se resiente. En mercadotecnia, la experiencia del consumidor es el nuevo producto. Una marca que no puede atender los canales digitales, que no entiende la data, que no responde ágilmente al cliente, está quedando en último plano.
Además, la exclusión técnica repercute directamente en la capacidad de alcanzar nuevos segmentos. El estudio destaca que las barreras tecnológicas inhiben la entrada de empresas a mercados desatendidos, particularmente aquellos que requieren canales digitales, servicios innovadores o modelos híbridos. En la práctica, esto significa que compañías que podrían crecer quedan atrapadas en modelos tradicionales y ven cómo otros más ágiles les quitan cuota. Desde la marca, esa pérdida se traduce en menor visibilidad, menor relevancia y menor presencia de mercado.
Otro impacto que poca gente valora: la narrativa de marca se debilita cuando la tecnología no acompaña. Cuando una marca promete “innovación”, “facilidad”, “digitalización” pero su experiencia al cliente es lenta, su soporte limitado, su presencia en línea débil, el cliente lo nota. Y menos allá, lo comparte. Las redes sociales y los canales digitales amplifican errores, percepciones negativas e insatisfacción. Entonces, una empresa con brecha tecnológica no solo pierde ingresos, sino credibilidad de marca.
Para revertir esta tendencia, las empresas mexicanas deben adoptar un enfoque estratégico de mercadotecnia tecnológica. Primero, reconocer que la tecnología es parte de la propuesta de valor, no un gasto aparte. Segundo, diseñar experiencias de cliente omnicanal que integren físico y digital con fluidez. Tercero, invertir en talento y cultura digital: una herramienta de IA o una app no sirve si la organización no la usa bien. Finalmente, comunicar esos avances: contar que la empresa se transforma, que mejora, que invierte. Esa transparencia fortalece la narrativa de marca.
El éxito de esta estrategia se ve en marcas que logran acelerar su relevancia, como aquellas que digitalizan procesos de pago, que personalizan promociones, que automatizan atención al cliente y que analizan datos para anticipar comportamiento. Una empresa que pierde 10 % de ingresos por falta de tecnología no solo deja dinero sobre la mesa, sino que abre una brecha competitiva que puede crecer cada año.
En conclusión, la brecha tecnológica de las empresas mexicanas es un tema de marketing, de marca, de posicionamiento y de futuro comercial. No se trata solo de digitalizar o automatizar, se trata de convertirse en empresa relevante para el consumidor de hoy, exigente, digital, conectado. Las marcas que lo entiendan y actúen rápido saldrán fortalecidas; las que lo ignoren podrían ver cómo su mercado se achica. Es momento de actuar.
