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Venezuela, Trump y el nuevo mapa del poder hemisférico

Por Daniela Montaño
Segunda entrega de la serie sobre Venezuela y el reordenamiento regional

Cuando Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro y el presidente Donald Trump anunció que Washington “administraría la transición” venezolana, el hecho trascendió lo judicial y lo militar. La pregunta que comenzó a recorrer cancillerías en América Latina no fue si Maduro caerá definitivamente, sino algo más profundo: ¿estamos ante el regreso formal del intervencionismo hemisférico?

En otras palabras, ¿está renaciendo la Doctrina Monroe en versión siglo XXI?

La operación contra Maduro no sólo removió a un líder cuestionado por corrupción y narcotráfico. Fue una declaración de capacidad y voluntad de poder. Estados Unidos demostró que puede actuar unilateralmente en el hemisferio si considera que la amenaza es lo suficientemente grave. Lo novedoso no es la presión —las sanciones llevan años— sino el salto cualitativo: acción directa y narrativa de “administrar” una transición. Eso cambia el precedente. Si esta lógica se consolida, el principio de no intervención queda subordinado a una interpretación expansiva de seguridad nacional estadounidense.

En 1823, la Doctrina Monroe estableció que América era para los americanos, entendiendo “americanos” como estadounidenses. Durante el siglo XX, esa idea justificó intervenciones directas e indirectas en el continente. Lo que estamos viendo ahora no es idéntico, pero sí evoca ese espíritu bajo nuevos argumentos:
● Narcotráfico como amenaza transnacional.
● Terrorismo como justificación legal.
● Seguridad hemisférica como prioridad estratégica.
● Competencia geopolítica con China y Rusia.

El mensaje implícito es claro: Estados Unidos no tolerará enclaves hostiles en su esfera regional.

La reacción regional ha sido fragmentada. Algunos gobiernos condenan la intervención. Otros guardan silencio estratégico. Pocos la apoyan abiertamente. El problema es estructural: América Latina carece hoy de un bloque cohesionado capaz de responder como conjunto ante un hecho de esta magnitud. No existe un consenso regional fuerte ni un liderazgo articulador claro. Y ese vacío fortalece a Washington

Para México, este momento es particularmente delicado. La tradición diplomática mexicana se basa en No intervención, Autodeterminación de los pueblos y Solución pacífica de controversias. La presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado esa postura con claridad. Sin
embargo, México no es un actor distante. Comparte frontera, economía y agenda de seguridad con Estados Unidos.

Aquí está el dilema: Defender la soberanía como principio o Mantener cooperación estratégica con su principal socio comercial o Evitar quedar atrapado en una lógica de confrontación ideológica. Si la intervención en Venezuela se normaliza bajo el argumento de lucha contra el crimen organizado, inevitablemente surgirá la pregunta incómoda: ¿Podría aplicarse una lógica similar frente a otros países del hemisferio? Aunque un escenario así sea improbable, el solo debate modifica el equilibrio político.

La gran incógnita es si este episodio será recordado como un caso excepcional en circunstancias extremas o el inicio de una política hemisférica más activa y directa. Si se consolida la segunda opción, América Latina enfrentará una etapa de mayor tensión geopolítica, donde la neutralidad será cada vez más difícil.

México podría optar por tres caminos: aislamiento prudente – mantener distancia y evitar protagonismo. Confrontación discursiva – elevar el tono soberanista y liderar críticas regionales. Diplomacia estratégica – posicionarse como mediador que defiende principios sin romper puentes. El tercero es el más complejo, pero también el más ambicioso. En un continente fragmentado, México podría redefinir su papel no como antagonista ni subordinado, sino como articulador regional.

Venezuela ya no es solo una crisis nacional. Se convirtió en el laboratorio de una nueva relación de poder en América Latina. Si estamos ante el regreso de una Doctrina Monroe actualizada, el continente deberá decidir si responde con fragmentación o con madurez política. México, por su tamaño, ubicación y tradición diplomática, no puede ser espectador. La pregunta no es si la región está cambiando.

La pregunta es quién definirá las reglas del nuevo juego.

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