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El poder que se corrige a sí mismo, y la oposición que regresa por abajo

Ni la hegemonía es total, ni la derrota es definitiva

Por Yessica De Lamadrid

 

Durante meses, el país ha operado bajo una narrativa cómoda, el poder ya cambió de manos y esta vez, llegó para quedarse.

La llegada de Claudia Sheinbaum consolidó algo más que una victoria electoral. Consolidó una idea, la de un régimen con capacidad de rediseñar las reglas del juego sin contrapesos reales. Pero la política —cuando se observa de cerca— rara vez es tan lineal, y menos en México. Porque mientras el poder se expande hacia arriba, empieza a fracturarse hacia adentro, y a ser desafiado desde abajo.

El espejismo de la hegemonía.  El oficialismo ha operado con una lógica clara, proponer el Plan A, Plan B, Plan C, y hasta donde alcance la fuerza legislativa. Reformas, rediseño institucional, captura de narrativa, todo parecía indicar que el único límite del proyecto sería su propia ambición.

Pero hay un error de lectura que empieza a volverse evidente, y no es menor, la hegemonía política no se rompe desde enfrente, se erosiona desde adentro y se disputa desde el territorio. Quien haya caminado elecciones lo sabe, el poder que parece absoluto en la capital, rara vez lo es en la calle.

Los aliados: la oposición que el régimen no puede nombrar. Los partidos aliados no son un bloque homogéneo, nunca lo han sido. Son, en realidad, una coalición de supervivencias. Cada voto que aportan tiene precio, cada reforma que acompañan tiene condiciones, cada avance del régimen tiene un margen de negociación oculto. No están ahí para diluirse, están ahí para seguir existiendo.

Porque cuando un proyecto tiende a concentrarlo todo, sus aliados enfrentan una disyuntiva silenciosa, alinearse completamente, o empezar a acotarlo desde dentro. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. No siempre se ve, pero se siente. La verdadera oposición al régimen no está afuera, está adentro. No se declara, no confronta, pero condiciona, negocia y limita. No por convicción democrática, sería ingenuo pensarlo así, sino por algo más primario, instinto de supervivencia política.

La fractura silenciosa del poder.  Mientras más se concentra el poder en la cúspide, más se multiplica la tensión en la base de su propia coalición. Porque lo que se juega no es el proyecto de país, eso es el discurso. Lo que realmente está en juego es más concreto, espacios de poder, control territorial, acceso a recursos, supervivencia política. Y esa disputa no se resuelve en discursos; se resuelve en negociaciones, o en bloqueos. Silenciosos, pero profundamente efectivos.

Dos fuerzas que se cruzan. Hoy, el poder en México está siendo tensionado por dos dinámicas simultáneas:

  1. Hacia adentro. Sus propios aliados negocian, frenan y ajustan el alcance del proyecto.
  2. Hacia abajo. Una oposición debilitada pero activa intenta reconstruirse desde lo local.

No es una confrontación frontal. Es algo más complejo, más incómodo. Una disputa fragmentada, distribuida, constante.

Hay otra historia ocurriendo lejos del centro.  Mientras el debate nacional se concentra en reformas y mayorías, hay otro tablero que se está moviendo con mucho más sigilo: el territorio. Porque aunque el régimen domina lo nacional, la política real —la que gana o pierde elecciones— sigue ocurriendo en lo local. Estados, municipios, distritos. Ahí donde la narrativa no alcanza, pero la operación sí.

La oposición: debilitada arriba, aún viva abajo. La oposición tradicional ha sido declarada muerta demasiadas veces, y, sin embargo, sigue jugando. No en el Congreso federal, no en la narrativa nacional, sino donde siempre ha sido más difícil de erradicar, en el territorio. Ahí donde se construyen estructuras, se movilizan votantes, se disputan programas sociales, se sostienen liderazgos locales, esos que no salen en la televisión, en el periódico, o en la mañanera “del pueblo”, pero dan la cara al ciudadano. Un lugar donde el poder central no siempre logra imponer su control total. Subestimar eso ha sido, históricamente, un error, y suele pagarse caro.

La elección que viene: el verdadero termómetro.  El próximo ciclo electoral no será una elección más, será la primera prueba real de algo mucho más profundo, ¿El régimen puede traducir su hegemonía nacional en control territorial absoluto?, ¿O el territorio será el espacio donde empiece a encontrar sus límites?

Porque si algo ha demostrado la política mexicana —una y otra vez— es que las elecciones no se ganan en el discurso, se ganan en el territorio. Y ahí, la historia todavía no está escrita.

La verdad incómoda. Ni el oficialismo es invencible, ni la oposición está extinta. Lo que tenemos enfrente no es un régimen sin límites. Es un régimen cuyos límites aún no terminan de revelarse. Porque el poder, incluso cuando parece absoluto, siempre encuentra resistencias. Algunas visibles. Otras, inevitables. El error no es creer que el poder es fuerte. El error es creer que es total.

Porque mientras el régimen negocia consigo mismo en la cúpula, sus aliados lo acotan en silencio, y el territorio —ese que muchos dejaron de mirar— empieza a decidir hasta dónde lo dejarán llegar.

 

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