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miércoles, enero 14, 2026

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Trump vs. China: El drama que convierte a México en protagonista… sin querer

¡Ah, la eterna telenovela internacional: “Trump vs. China, temporada 87”! Y claro, como buen vecino con vista privilegiada a este show de geopolítica nivel Real Housewives, México no podía quedarse sin su dosis de drama. Porque cuando dos gigantes se tiran platos, los fragmentos no caen al suelo… ¡nos caen directo en la cabeza!

Para empezar, cada vez que Trump amenaza con aranceles a China o se le ocurre subirle el tono al discurso, el mundo entra en pánico económico, y México… bueno, México se convierte en el “plan B” favorito del mundo corporativo. De repente somos la novia recatada que todos quieren porque la ex asiática se volvió “complicada”. “Querido México, tú sí produces cosas sin meterte en guerras comerciales, ¿verdad?” Y nosotros, con la fábrica lista y el tequila en mano, decimos: “¡claro, pásenle!”

El nearshoring se ha vuelto la nueva religión, y México su templo sagrado. Gracias al pleito, miles de empresas están empacando sus maletas chinas y buscando refugio en nuestras tierras. Pero ojo: no porque nos amen, sino porque les salimos más baratos que una terapia de pareja entre potencias.

Ahora, también hay momentos incómodos. Por ejemplo, cuando Trump amenaza con cerrar la frontera o subir aranceles a productos mexicanos si no hacemos de policía migratoria. Ahí sí, el encanto se desvanece. Nos toca bailar con la más fea mientras intentamos mantener a Estados Unidos feliz, a China no-tan-enojada, y a nosotros mismos medianamente cuerdos.

Y ni hablemos del litio, ese mineral coqueto que ahora todos desean. China quiere, Trump también, y México se hace el difícil. Mientras tanto, fingimos independencia energética mientras rezamos para que no se arme una guerra de patentes y chips donde terminemos siendo el campo de batalla.

En resumen, la fricción entre China y Trump convierte a México en el eterno “patiño geoestratégico”: cuando se pelean, somos la rebota; cuando se reconcilian, nos ignoran. Pero al menos, por unos momentos, parecemos el chico popular del salón. Eso sí, sin saber si nos van a invitar a la fiesta… o a pagarla.

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