Por: GWENDOLYNE NEGRETE SÁNCHEZ
En medio del agitado tablero de la política económica global, el resurgimiento de los aranceles como instrumento central de política comercial marca un punto de inflexión que merece ser analizado desde una perspectiva de género. Mientras los titulares se centran en las cifras macroeconómicas y las tensiones entre potencias, permanece invisibilizada una realidad: las políticas arancelarias afectan de manera diferenciada a hombres y mujeres.
El giro proteccionista que estamos presenciando a nivel mundial no es simplemente un reajuste técnico. Representa una reconfiguración profunda de las reglas del juego económico, con consecuencias que se materializan de forma desigual en los cuerpos y las vidas de las personas, particularmente de las mujeres.
Los sectores más impactados por las recientes alzas arancelarias —textil, agrícola y servicios— son precisamente aquellos con mayor presencia femenina en su fuerza laboral. En países en desarrollo, las mujeres constituyen hasta el 70% de la mano de obra en industrias manufactureras orientadas a la exportación. Cuando estas industrias se contraen debido a barreras comerciales, son ellas quienes primero pierden sus empleos, frecuentemente sin redes de protección social adecuadas.
Pero el análisis va más allá del empleo formal. El encarecimiento de productos básicos debido a los aranceles incrementa la carga de trabajo doméstico no remunerado. Cuando una familia debe ajustar su presupuesto ante el aumento de precios, son típicamente las mujeres quienes compensan con más horas de trabajo casero: preparando alimentos que antes se compraban procesados, extendiendo la vida útil de bienes que ya no pueden reemplazarse o cuidando a familiares enfermos en lugar de acudir a servicios médicos ahora inaccesibles.
La paradoja es evidente: las políticas arancelarias que supuestamente protegen industrias nacionales terminan trasladando los costos de ajuste a la economía invisible del cuidado, sostenida mayoritariamente por mujeres. Es una externalización de costos que ningún modelo económico tradicional contabiliza.
Los defensores de la nueva ola proteccionista argumentan que los aranceles revitalizarán la industria local y crearán empleos. Sin embargo, la evidencia histórica sugiere que la distribución de estos beneficios rara vez es equitativa. Los sectores industriales tradicionalmente masculinizados reciben mayor atención y recursos en las políticas de reindustrialización, mientras que las trabajadoras suelen quedar relegadas a segmentos menos protegidos y más precarizados.
El debate sobre aranceles también refleja una concepción estrecha de la “seguridad nacional” que prioriza ciertos sectores considerados estratégicos —defensa, energía, tecnología— donde las mujeres están subrepresentadas, mientras desatiende la seguridad alimentaria, sanitaria y de cuidados, ámbitos fundamentales para el bienestar colectivo donde la participación femenina es predominante.
Las negociaciones comerciales, dominadas por una visión masculinizada del interés nacional, rara vez incorporan análisis de impacto diferenciado por género. El resultado son acuerdos que perpetúan asimetrías estructurales bajo la apariencia de neutralidad técnica.
Para construir una política comercial verdaderamente inclusiva, necesitamos indicadores que valoren no solo el crecimiento de sectores tradicionales sino también la distribución equitativa de oportunidades y cargas. Necesitamos mecanismos que garanticen la participación significativa de mujeres en la toma de decisiones comerciales a todos los niveles.
Los aranceles, como cualquier herramienta económica, no son intrínsecamente buenos o malos. La cuestión central es cómo se diseñan, implementan y complementan con otras políticas. Un enfoque integral debería incluir programas de reconversión laboral con perspectiva de género, sistemas robustos de protección social y medidas para reconocer y redistribuir el trabajo de cuidados.
En un momento en que el consenso sobre el libre comercio parece desmoronarse, tenemos la oportunidad de reimaginar un sistema comercial que no replique las desigualdades del pasado. La nueva política económica que emerge de esta transformación debe colocar la igualdad de género como objetivo central, no como consideración secundaria.
Los aranceles pueden proteger industrias, pero la verdadera pregunta es: ¿quién protege a quienes sostienen la vida en tiempos de turbulencia económica? La respuesta a esta pregunta determinará si la nueva era de políticas comerciales representa un avance hacia sociedades más justas o simplemente un reajuste de las viejas desigualdades.

