Por Daniela Montaño
La geopolítica rara vez es lineal. A veces, los eventos que ocurren a miles de kilómetros terminan reconfigurando decisiones nacionales de manera directa. Eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy con la crisis en el Estrecho de Hormuz, un punto aparentemente lejano para América Latina, pero que hoy conecta —de forma inesperada— a Venezuela, Estados Unidos y México en un mismo tablero. El Estrecho de Hormuz no es solo un paso marítimo: es el epicentro del sistema energético global. Por ahí transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, lo que lo convierte en uno de los puntos más sensibles del planeta. El bloqueo parcial del estrecho por parte de Irán ha provocado una reducción de hasta 90% del tránsito marítimo en momentos críticos, pérdida de millones de barriles diarios del mercado, volatilidad extrema en precios energético y se avecina la mayor crisis energética en décadas Esto ha generado algo clave: una búsqueda urgente de alternativas energéticas fuera del Golfo Pérsico. Y ahí entra Venezuela.
Durante años, Venezuela fue vista como un problema político. Hoy empieza a ser vista como una solución energética. Con el debilitamiento del flujo petrolero desde Medio Oriente, el interés de Estados Unidos por estabilizar —o controlar— la transición venezolana adquiere un nuevo significado. No se trata solo de democracia o seguridad. Se trata de energía. En un mundo donde el Estrecho de Hormuz se vuelve impredecible, Venezuela representa unas reservas gigantes fuera de la zona de conflicto con proximidad geográfica a Estados Unidos y tiene el potencial para diversificar el suministro energético global
En otras palabras: Caracas deja de ser solo un conflicto regional y se convierte en una pieza del equilibrio energético global. La política de Donald Trump hacia Venezuela empieza a entenderse mejor bajo este contexto. Si el Golfo Pérsico es inestable, Estados Unidos necesita: Reducir vulnerabilidad externa, Asegurar suministro energético cercano y reforzar su control en el hemisferio. El mensaje implícito es claro: América Latina vuelve a ser estratégica no solo políticamente, sino energéticamente.
Para México, esta nueva realidad representa tanto un riesgo como una oportunidad. Aunque el país no depende directamente del petróleo que pasa por Hormuz, sí está profundamente integrado al mercado energético global. Cuando el estrecho se bloquea suben los precios del petróleo, aumenta la inflación global y se encarecen combustibles, transporte y alimentos. Además, se presiona la relación económica con Estados Unidos. Pero hay algo más profundo. Si Venezuela se reintegra al mercado global con apoyo estadounidense, el equilibrio energético regional cambia, porque Venezuela podría recuperar protagonismo, Estados Unidos fortalecería su autosuficiencia energética hemisférica y México enfrentaría nueva competencia por inversión y relevancia. Esto
plantea una pregunta incómoda: ¿Está México preparado para competir en un continente donde la energía vuelve a ser el eje del poder? La crisis del Estrecho de Hormuz no solo impacta combustibles, también afecta fertilizantes, petroquímicos, transporte marítimo y cadenas globales de suministro. Eso significa que sus efectos llegan indirectamente a los precios de alimentos en México, costos industriales y estabilidad macroeconómica. Es una crisis energética que se convierte en crisis económica global. Frente a este escenario, México tiene tres posibles caminos: Ajustarse a precios globales y decisiones externas, Reforzar su industria para mantener relevancia frente a Venezuela y aprovechar el momento para redefinir su papel como potencia energética regional.
El Estrecho de Hormuz parece lejano, pero sus efectos llegan directamente a América Latina. La crisis ha dejado una lección clara y es que en el siglo XXI, la geopolítica energética es un sistema interconectado. Lo que ocurre entre Irán y el Golfo Pérsico redefine la política de Estados Unidos, posiciona a Venezuela, y obliga a México a replantear su estrategia. La pregunta ya no es si México será afectado. La pregunta es si sabrá aprovechar el momento o simplemente reaccionar a él.
