Entrevista a Ermilo Espinosa Torre
Por Kary Fernández
Considerado uno de los máximos exponentes del hiperrealismo contemporáneo en México, Ermilo Espinosa Torre ha llevado la precisión técnica y la sensibilidad emocional a un punto de encuentro casi espiritual. Su dominio de la luz, el detalle y la textura le ha valido reconocimiento nacional e internacional, especialmente tras realizar el retrato oficial del presidente Andrés Manuel López Obrador, una obra que trasciende lo político para convertirse en un testimonio pictórico de un tiempo histórico.
Con un trazo que conjuga introspección, realismo extremo y respeto por la esencia humana, Espinosa Torre ha explorado la dignidad del rostro mexicano y la complejidad de sus emociones. Hoy, su reciente nombramiento como Embajador de la Paz y su involucramiento en el proyecto cultural “Ceballos” del maestro José Luis Ramírez Jiménez, abren una nueva etapa en su trayectoria, donde el arte se convierte en un vehículo de reconciliación, identidad y esperanza.
1.Ermilo, tu carrera se ha definido por un dominio casi absoluto del hiperrealismo. ¿Qué significa para ti capturar la realidad con tal nivel de fidelidad en una época donde lo digital domina la imagen?
A mí me interesa capturar la fachada de la realidad, pero únicamente como un vehículo para tratar de representar la verdadera realidad, aquella que está por debajo de los reflejos en los ojos, los poros de la piel, cada cabello, etc. Esa «realidad» superficial es fácil de ver y de representar, pero para mí es solo una carnada para atraer al espectador, atraparlo y sumergirlo conmigo en mi búsqueda de aquello que somos más allá de las máscaras
2.El retrato de un presidente no solo es un desafío técnico, sino también simbólico. ¿Cómo abordaste la responsabilidad emocional e histórica de pintar el rostro de Andrés Manuel López Obrador?
Es un reto pintar un rostro que, en su momento, era el más reconocible del país; cualquier desatino se hubiera magnificado y, potencialmente, arruinar mi prestigio y credibilidad como retratista. Pero la única manera de superar esa presión es con trabajo minucioso, perfeccionismo casi obsesivo y mucha autocrítica, y esos 3 son pilares de toda mi obra, sea de quien sea, así que no tuve que hacer algo diferente a lo que hago el cualquier retrato, en el aspecto del parecido. Pero sí fue diferente en cuanto al concepto del cuadro y la manera de abordarlo, porque a diferencia de otros retratos por encargo, aquí no solo estaba pintando a un ser humano, único e individual, sino un elemento abstracto, la figura presidencial, que no es propiedad del sujeto en cuestión sino de toda la nación, entonces requería un equilibrio entre la persona y el personaje, más, en este caso, la propia perspectiva de la gente, que en mi obra tomó protagonismo no solo por aparecer representada en el lienzo, sino que su percepción también influyó en la pintura.
3.¿Qué buscabas transmitir más allá del parecido físico en ese retrato: el poder, la humanidad, o la historia que representa su figura dentro del México contemporáneo?
Pronto me di cuenta de que tenía que representar a la figura presidencial como concepto, con la dignidad, respeto y orgullo que merece el pueblo mexicano, pero también al portador de ese cargo y cómo él aportó sus propios matices a su presidencia, a través de su cercanía a la gente, de su gesto suave y accesible, y de su momento histórico. Encontrar ese equilibrio fue lo más interesante de este proyecto.
4.Has sido recientemente nombrado Embajador de la Paz. ¿Cómo entiendes ese título desde tu oficio como artista visual, y qué compromisos éticos o simbólicos asumes al aceptarlo?
Es un honor y una responsabilidad con la que tendré una deuda permanente. El arte nos brinda un escaparate, y desde nuestra propuesta podemos aportar al menos un granito de arena para enaltecer los valores que, yo considero, acompañan al arte desde hace un tiempo: belleza, verdad, amor, fraternidad, candor, búsqueda y, de extraña forma, el equilibrio entre lo individual y lo colectivo. Esos pilares que, repito, considero intrínsecamente asociados al arte en cualquiera de sus manifestaciones, son los que podrían llevar a las sociedades a reconocerse a sí mismas como la indivisible unidad que somos, aunque la superficie se empeñe en engañarnos con la idea de separación.
5.¿Consideras que el arte puede ser realmente una herramienta diplomática, capaz de generar empatía entre visiones políticas, sociales o culturales distintas?
Sí, porque el arte es un reflejo del artista y de la sociedad de la que éste emerge, pero muchas veces encuentra la manera de decir lo que el ruido de la vida cotidiana no nos permite escuchar. Muchas veces nos recuerda que hay belleza en lo simple, que hay amor en donde parece que solo existe el odio, que hay posibilidad de entendimiento en donde parece que las corrientes se empeñan en construir opuestos y enfrentarlos. El arte es un lenguaje simbólico, que dice un tanto y calla otro, y que crea un universo en donde cabe el azul, el rojo, el blanco, el negro, y todos los demás. Y ahí, las coincidencias son más fuertes que las diferencias.
6.El proyecto “Ceballos”, encabezado por el maestro José Luis Ramírez Jiménez, se ha convertido en un espacio de encuentro entre artistas, comunidad y memoria. ¿Qué te motivó a sumarte a una iniciativa tan íntima y profundamente ligada al territorio duranguense?
Mi admiración, respeto y confianza en el Mtro. José Luis. Tengo el gusto de conocer a varios colegas en México, y no encuentro otro con tanto ímpetu y compromiso con su obra y el desarrollo de su arte. Lo que él está haciendo es un ejemplo para todos. En un mundillo donde imperan los egos y los recelos, él apuesta por la unión y la fraternidad, con el arte como vía de conexión. Es absolutamente loable y le deseo lo mejor.
7.En tu visita a Ceballos, donde el arte convive con el horno, el pan y la gente, ¿qué descubriste del México que rara vez llega a los museos o galerías capitalinas?
Todavía no tengo el gusto de visitarlo
8.Como creador acostumbrado a la minuciosidad del retrato, ¿cómo dialogas con una experiencia colectiva como la que propone el maestro Ramírez, donde el arte se vive más que se contempla?
Es muy refrescante, pues yo soy pintor pero también soy un amante de la pintura. Y es muy agradable ver obras que no se parecen en nada a la mía pero que hablan, a su modo, de los mismos sentimientos, emociones, las mismas búsquedas, los mismos temores, ilusiones y amores. Cada artista es un universo, o más bien, es el mismo universo reinterpretado desde una óptica única e irrepetible, y en ello se encuentra la belleza.
9.La empatía y la solidaridad parecen ser dos hilos que unen tu pintura con tu vida pública. ¿Qué papel crees que deben asumir los artistas mexicanos frente a la fragmentación social y la pérdida de identidad cultural?
Creo que nos toca la casi imposible tarea de ser honestos, congruentes, reales. Las divisiones y desigualdades con las que convivimos todos los días, son tan crudas que solemos hacernos indiferentes ante ellas. La mayoría de la gente vive en una rutina casi mecánica que favorece el entumecimiento moral y social: uno tiene que concentrarse en sacar a flote a sí mismo y los más cercanos y poco espacio queda para practicar la empatía más allá de lo inmediato. Los artistas tenemos la bendición/maldición de no tener nada seguro, de no seguir una línea clara y cuantificable, de no tener una vara universal con la que podamos medir nuestro éxito. Así también, tenemos la libertad de hacer lo que nos nazca del alma, pero entonces tenemos la obligación de llenar de algo esa alma, de nutrir nuestro ser para hacernos de materia prima que nos sirva a la hora de enfrentar el lienzo en blanco. llorar, reir, sufrir, romper, reconstruir, amar, extrañar: los artistas tenemos que vivir, y es así como podemos romper la cadena mecánica de la indiferencia, poner la luz en donde duele, o en donde está el amor, y quizá y con suerte, recordarle por un instante al espectador que el otro es mi hermano, que ahí está mi reflejo, que somos uno mismo cuando nos quitamos las cadenas.
10.Finalmente, si tu obra pudiera hablar, ¿qué mensaje de paz o reconciliación crees que susurraría hoy a un país que aún busca reconocerse en su propio espejo?
Estás bien. Se que haz sufrido, se que haz llorado, se que haz hecho lo que haz tenido que hacer para sobrevivir, se que haz cometido errores, algunos de los cuales no te haz perdonado. Pero mírame, yo soy igual que tú, yo, desde este universo alternativo, al otro lado de la tela, soy tú, soy esa versión de ti que ha roto las cadenas que nos pone la vida tan voraz y sanguinaria que tenemos que afrontar todos. Soy tú, porque he sufrido lo mismo. Estas manchas en mis manos son la sangre simbólica de mi sufrimiento y el tuyo, pero también he amado como tú ¿ves ese brillo en mis ojos? Es la luz que he encontrado. Es la calidez del universo que no te juzga, porque sabe que en el fondo, tú y yo somos amor, solo que el miedo no nos deja reconocerlo y asumirlo. No tengas miedo. ¿Ves ese barco de papel? Pronto se destruirá, el agua que le da sentido y rumbo también será quien lo destruya y reclame. Eso somos tú y yo. Somos el barco de papel, efímeros. Por lo tanto, asume que eres mortal y permítete sentir el amor que te rodea. Pero no es todo, también somos el agua, y somos nosotros quienes deshacemos el papel y lo transformamos, en un ciclo de renacimiento permamente. No cargues los dolores del ayer, húndete al fondo de la oscuridad y veras como el agua te reconstruye y emerges como un ser nuevo y limpio. El agua nos purifica y nos da la oportunidad de volver a comenzar. Vive, disfruta, llora, rie, nada, vuela, destrúyete, renace. Y no te juzgues, lo que tú vives, lo vivo yo, que solo soy pigmentos en una tela efímera, pero que soy espejo de tu alma inmortal.

