Por Kary Fernández
Hay palabras que no son palabras, más bien son misiles diplomáticos. “Terrorista” es una de ellas. Cuando el hoy presidente electo Donald Trump promete “tolerancia cero” contra el crimen organizado y recuerda que los narcos pueden ser designados como terroristas, no está haciendo retórica de campaña para el aplauso fácil. Está moviendo el tablero semántico que precede al tablero militar. (Ese perro ya nos mordió…)
Porque en la historia del Estados Unidos, cuando alguien entra a la categoría de terrorista, deja de ser solamente un problema criminal y se convierte en objetivo estratégico. Y Estados Unidos no suele tratar los objetivos estratégicos con terapias de grupo.
Recordemos. Después del 11 de septiembre, la palabra terrorismo habilitó guerras preventivas, intervenciones extraterritoriales, operaciones quirúrgicas con drones y un presupuesto de defensa que parece el PIB de un continente. Afganistán no fue una metáfora. Irak tampoco. Las listas de designación terrorista no son una carta de buenos deseos son mas un Wish-list muy ejecutable. Son un instrumento jurídico que permite congelar activos globalmente, perseguir financiamiento, presionar aliados y, si la Casa Blanca así lo decide, actuar más allá de sus fronteras bajo el argumento de seguridad nacional. Venezuela, pon tú!
Entonces cuando Trump habla de tolerancia cero y de clasificar a los cárteles como organizaciones terroristas extranjeras, la pregunta no es si lo dice para asustar. La pregunta es qué implica jurídicamente y qué precedente histórico respalda esa amenaza.
Implica que cualquier estructura financiera vinculada puede ser perseguida como red terrorista. Implica cooperación forzada con bancos internacionales. Implica sanciones secundarias para quien facilite recursos. Implica inteligencia compartida con un tono menos diplomático y más operativo. Y sí, implica la posibilidad de operaciones encubiertas justificadas bajo la doctrina de autodefensa ampliada.
Quienes creen que es solo discurso olvidan que Estados Unidos ha demostrado una consistencia brutal cuando define enemigos estratégicos. No negocia con terroristas, dice su doctrina oficial. Los aísla, los sanciona, los infiltra o los elimina. La lista es larga y la memoria selectiva.
Ahora bien, es equiparable el crimen organizado mexicano al terrorismo global ideológico? Ahí empieza la complejidad. El terrorismo clásico tiene motivación política explícita. Los cárteles, en cambio, persiguen rentabilidad y control territorial. Pero cuando la violencia sistemática genera terror en la población civil y afecta intereses estadounidenses, la línea conceptual se vuelve flexible. Y a Washington le encanta la flexibilidad conceptual cuando conviene a su seguridad.
Aquí entra el elemento incómodo. Si el narco es terrorista, entonces el terreno deja de ser exclusivamente soberano y se vuelve asunto de seguridad hemisférica. Eso altera la relación bilateral. Querido lector de tal suerte que nuestra paz, es binacional. Porque una cosa es cooperación antidrogas y otra muy distinta es narrativa de guerra contra el terrorismo en tu patio trasero.
Históricamente, cuando Estados Unidos ha declarado la guerra al terrorismo, el enfoque ha sido integral y agresivo. Presión financiera global. Intervenciones directas o indirectas. Construcción de coaliciones. Inteligencia ofensiva. Y un mensaje claro: la amenaza se neutraliza, no se administra. Fin de la historia!
La pregunta estratégica para México no es si Trump exagera. Es si el Estado mexicano está dispuesto a cerrar la brecha de percepción que permite que otro país considere que el problema ya no es solo nuestro. Porque cuando una potencia decide que un fenómeno transnacional amenaza su seguridad interna, la paciencia diplomática suele tener fecha de caducidad.
También hay que decirlo con frialdad. La designación terrorista no resuelve mágicamente la violencia. En algunos casos fragmenta estructuras y produce más competencia interna. En otros, asfixia financieramente y reduce capacidad operativa. Depende del nivel de coordinación local y de la resiliencia de las redes criminales.
Pero el símbolo importa. Llamar terrorista a un cártel cambia la conversación global. Inversionistas leen titulares, no tesis doctorales. Mercados reaccionan a riesgos más que a matices. Y la narrativa de un país donde operan organizaciones terroristas tiene un costo reputacional que no se borra con campañas turísticas.
Trump entiende el poder del lenguaje como herramienta de presión. Tolerancia cero no es solo una frase. Es un mensaje hacia votantes estadounidenses que exigen firmeza y hacia gobiernos que deben decidir si se alinean o se convierten en variable incómoda.
En el fondo, la cuestión no es Trump. Es la capacidad del Estado mexicano para demostrar que el monopolio legítimo de la fuerza no está en disputa. Porque mientras la percepción externa sea que el crimen organizado controla territorios y rutas estratégicas, la tentación de encuadrarlo como terrorismo seguirá viva.
Y la historia demuestra algo simple y brutal: cuando Estados Unidos define a alguien como terrorista, no lo invita a dialogar en Davos. Lo convierte en objetivo.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si la retórica es exagerada. Es si estamos preparados para las consecuencias de que deje de ser retórica.
Just saying…

